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Fue un 29 de abril de no recuerdo ya cuántos años -tal vez 6 ó 7- cuando me senté a comer un helado en la Plaza de Mayo, ahí casi junto a Belgrano que sin cansancio, aunque pase lento el tiempo, sostiene la bandera argentina. Observé de cerca los rostros que iban de aquí a allá, como si se preparara en silencio para la marcha del día siguiente: La de las abuelas de la Plaza de Mayo. Abuelas y madres que aún buscan a sus nietos e hijos desaparecidos durante la última dictadura que gobernó Argentina de 1976 a 1983 y que, en coordinación con la Junta Militar secuestraba por igual hombres y mujeres, muchas de ellas embarazadas; era costumbre esperar a que nacieran sus bebés antes de matarlasLos niños eran entregados a parejas de militares o policías sin hijos y las madres eran “desaparecidas”.

“¿Dónde está Mariana Zaffaroni, José Lavechia, Sabrina Valenzuela Negro y su mellizo? ¿Dónde está Macarena Gelman? ¿Dónde están?” Eran los gritos de clamor que por más de treinta décadas se han escuchado y que se han convertido en una lucha incansable por recuperar la identidad de los niños, ahora adultos, que fueron entregados -en múltiples ocasiones- a los propios asesinos de sus padres.

Ana Gelman… Macarena Gelman… la nieta del poeta Juan Gelman fue una de las tantas niñas nacidas en cautiverio, entregadas a una familia militar y cuya lucha por recuperarla marcó el destino  de su abuelo.

Habrás nacido algún día de octubre de 1976 en un campo de concentración. Poco antes o poco después de tu nacimiento, el mismo mes y año, asesinaron a tu padre de un tiro en la nuca disparado a menos de medio metro de distancia. El estaba inerme y lo asesinó un comando militar, tal vez el mismo que lo secuestró con tu madre el 24 de agosto en Buenos Aires y los llevó al campo de concentración Automotores Orletti que funcionaba en pleno Floresta y los militares habían bautizado “el Jardín”. Tu padre se llamaba Marcelo. Tu madre, Claudia. Los dos tenían 20 años y vos, siete meses en el vientre materno cuando eso ocurrió. A ella la trasladaron -y a vos con ella- cuando estuvo a punto de parir. Debe haber dado a luz solita, bajo la mirada de algún médico cómplice de la dictadura militar. Te sacaron entonces de su lado y fuiste a parar -así era casi siempre- a manos de una pareja estéril de marido militar o policía, o juez, o periodista amigo de policía o militar. Había entonces una lista de espera siniestra para cada campo de concentración: Los anotados esperaban quedarse con el hijo robado a las prisioneras que parían y, con alguna excepción, eran asesinadas inmediatamente después. Han pasado 12 años desde que los militares dejaron el gobierno y nada se sabe de tu madre. En cambio, en un tambor de grasa de 200 litros que los militares rellenaron con cemento y arena y arrojaron al Río San Fernando, se encontraron los restos de tu padre 13 años después. Está enterrado en La Tablada. Al menos hay con él esa certeza.

Me resulta muy extraño hablarte de mis hijos como tus padres que no fueron. No sé si sos varón o mujer. Sé que naciste. Me lo aseguró el padre Fiorello Cavalli, de la Secretaría de Estado del Vaticano, en febrero de 1978. Desde entonces me pregunto cuál ha sido tu destino. Me asaltan ideas contrarias. Por un lado, siempre me repugna la posibilidad de que llamaras “papá” a un militar o policía ladrón de vos, o a un amigo de los asesinos de tus padres. Por otro lado, siempre quise que, cualquiera hubiese sido el hogar al fuiste a parar, te criaran y educaran bien y te quisieran mucho. Sin embargo, nunca dejé de pensar que, aún así, algún agujero o falla tenía que haber en el amor que te tuvieran, no tanto porque tus padres de hoy no son los biológicos -como se dice-, sino por el hecho de que alguna conciencia tendrán ellos de tu historia y de como se apoderaron de tu historia y la falsificaron. Imagino que te han mentido mucho.

También pensé todos estos años en que hacer si te encontraba: si arrancarte del hogar que tenías o hablar con tus padres adoptivos para establecer un acuerdo que me permitiera verte y acompañarte, siempre sobre la base de que supieras vos quién eras y de dónde venías. El dilema se reiteraba cada vez -y fueron varias- que asomaba la posibilidad de que las Abuelas de Plaza de Mayo te hubieran encontrado. Se reiteraba de manera diferente, según tu edad en cada momento. Me preocupaba que fueras demasiado chico o chica -por ser suficientemente chico o chica- para entender lo que había pasado. Para entender lo que había pasado. Para entender por qué no eran tus padres los que creías tus padres y a lo mejor querías como a padres. Me preocupaba que padecieras así una doble herida, una suerte de hachazo en el tejido de tu subjetividad en formación. Pero ahora sos grande. Podés enterarte de quién sos y decidir después qué hacer con lo que fuiste. Ahí están las Abuelas y su banco de datos sanguíneos que permiten determinar con precisión científica el origen de hijos de desaparecidos. Tu origen.

Ahora tenés casi la edad de tus padres cuando los mataron y pronto serás mayor que ellos. Ellos se quedaron en los 20 años para siempre. Soñaban mucho con vos y con un mundo más habitable para vos. Me gustaría hablarte de ellos y que me hables de vos. Para reconocer en vos a mi hijo y para que reconozcas en mí lo que de tu padre tengo: los dos somos huérfanos de él. Para reparar de algún modo ese corte brutal o silencio que en la carne de la familia perpetró la dictadura militar. Para darte tu historia, no para apartarte de lo que no te quieras apartar. Ya sos grande, dije.

Los sueños de Marcelo y Claudia no se han cumplido todavía. Menos vos, que naciste y estás quién sabe dónde ni con quién. Tal vez tengas los ojos verdegrises de mi hijo o los ojos color castaño de su mujer, que poseían un brillo especial y tierno y pícaro. Quién sabe como serás si sos varón. Quién sabe cómo serás si sos mujer. A lo mejor podés salir de ese misterio para entrar en otro: el del encuentro con un abuelo que te espera.


Juan Gelman. 12 de Abril de 1995

Al final de sus días esa lucha cobró frutos y el poeta pudo saber de su nieta y ésta a su vez recuperar una identidad arrebatada por la dictadura militar. Hablar de Juan Gelman es hablar de humanismo, de metáforas líricas, de popularidad lingüística argentina, poeta de diminutivos evocadores de ternura, si… la ternura característica de Gelman como lo dice su obra:

“Ha muerto un hombre y están juntando su sangre en cucharitas,/ querido juan, has muerto finalmente./De nada te valieron tus pedazos/mojados en ternura./ Cómo ha sido posible/que te fueras por un agujerito/ y nadie haya ponido el dedo/ para que te quedaras.”

Si… la ternura característica de Gelman que como un premio del destino, tuvo la fortuna de ser un abuelo de la plaza de mayo en recuperar a su nieta. Y así… en espera, siguen muchos, muchos mas.

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